Por muchos años, cuando estudiaba en la escuela de letras, buscaba siempre la innovación en la literatura, como un modo de marcar cierta diferencia que me hiciera fácilmente identificar un autor de otro y admirarlos por su grandeza. Uno de ellos fue William Faulkner. Sus constantes saltos temporales y sus historias tejidas se identificaba con facilidad del resto de los escritores de la época. Igual ocurrió con las constantes lecturas de Bioy Casares, cuyos finales son tan sorprendentes como enigmáticos. Sin embargo, con cierta vergüenza debo admitir que mi lectura de poetas es muy pobre, pero los admiro en igual o mayor proporción que los novelistas, por su forma de sintetizar tantos sentimientos y emociones en un escrito. Aunque puede decirme alguien que es relativo la brevedad de un poema con respecto al género narrativo, pues, hoy se conocen excelentes microcuentos que rompen los
paradigmas establecidos entre lo que se considera cuento y novela. ¿Cuántas cosas podemos sacar del cuento de Augusto Monterroso? 'Cuando desperté, el dinosaurio seguía ahí'. Un microcuento capaz de generar tantas y excelentes opiniones.
De todas formas, tengo mis poetas de predilección, como tal vez los tengas tú; pero sí existió alguien que me pareció maravilloso por su constante interés por la innovación, fue Vicente Huidobro, padre del Creacionismo, y fuente de inspiración para uno de mis primeros poemas que intenta abordar un poco esa mecánica de la forma y la escritura.
El tiempo a mi favor...
Espero y sonrío con el tiempo a mi favor... Sin ti,
alma, deseo sin sabor; buscando
la fragata de los escorpiones
celestes y motas de
algodón
nubes
d
e
sal
envueltas
en triste tiempo
sin risa y con dolor;
aunado a tu cuerpo tan dulce
como el sol. Hoy el tiempo eres tú,
y sé y espero que siempre estes a mi favor.